martes, 24 de octubre de 2017

Ricardo Rivera Martínez





El artista moronense creció en un entorno familiar pobre y humilde, de hecho, varios de sus hermanos fallecieron como consecuencia de las penurias acaecidas. Su padre era arriero, mientras que su madre encontró trabajo sirviendo en una casa de la capital hispalense,lo que motivó que la familia de Ricardo tuviera que trasladarse a Sevilla cuando el pequeño contaba con cinco o seis años de edad. Así establecieron su hogar en la Barriada de la Puerta Carmona, siendo entonces cuando Ricardo descubre su vocación por la escultura:


“En el extremo del bajante de aguas en mi casa de vecinos de la Calle Cristo del Buen Viaje n º 11 metí el resultado de mi primer modelado en barro: un pequeño pasito con sus figuritas. Pegué la cara al suelo y comencé a sacarlo “despasito, mu despasito”, al son de mi tararí cornetero (…)”. Aquello significó, en palabras del artista, una “primera necesidad física y mental de convertir aquel trozo de barro enarenado de materia maleable en, nada menos, que una réplica en miniatura (¡vaya usted a saber cómo!) del paso que salía de la cercana iglesia de San Esteban”. Aquel hecho significativo sorprendió al conjunto de vecinos, quienes alentaron y celebraron las inquietudes del pequeño Ricardo, presagiando: “¡Este niño va a ser un artista!”
1995


Su formación como imaginero tuvo que esperar y trabajar en primera instancia como tallista. De manera que el autor moronense ejercerá como oficial de primera tallando muebles de estilo e interviniendo en obras y diseños de proyectos como el paso de la Soledad de San Lorenzo o el altar de las imágenes de San Roque para la ciudad de Sevilla. Sin embargo, en 1.953 Ricardo fue despedido (siendo ya encargado) al apoyar una causa solidaria entre sus compañeros, que demandaban una mejora salarial y no encontraron el respaldo suficiente en el “Sindicato Vertical”. Posteriormente, trabajó para escultores como José Alarcón Santa Cruz (1.904-1.986), al que le sacaba de puntos manualmente. 

Y de esta forma Ricardo fue adentrándose en la talla escultórica, aunque no era la única de sus pretensiones… “Por estar cerca del almacén de Maderas Miña, en calle Torres, donde comprábamos el material, conocí allí a Francisco Buiza, que tenía taller en la casa de los artistas de San Juan de la Palma. También me relacionaba con Manuel Echegoyán, que tenía su taller dentro de las instalaciones de García Miña. Igualmente, conocí a Antonio Illanes, cuya casa-estudio estaba a veinte 4 metros del mío.

Poco a poco, le van llegando encargos donde tiene que trabajar la figura, retomando aquella “incontenible necesidad de modelar” que despertara en su niñez. Sus inicios fueron dificilísimos porque carecía de formación en el oficio de escultor, aferrándose a su “licenciatura de la calle” para ir aprendiendo o, como él mismo manifiesta “robando con la mirada y con la mente”, las técnicas y métodos profesionales que la mayoría de los artistas no estaban dispuestos a enseñarle tan fácilmente.

Ricardo se relacionó con los principales escultores e imagineros que trabajaron en la Sevilla del S.XX, sin embargo, ninguno de ellos llegó a significar tanto para él como lo hiciera Luis Ortega Bru (1.916-1.982). 
1993
Ricardo recuerda a Luis con una profunda admiración y afecto, conociéndole durante su última etapa en la que se hallaba realizando el apostolado de la Sagrada Cena de Sevilla. Las visitas al estudio del genial artista sanroqueño fueron muy habituales, cosechando una sincera y bella amistad; sirva como ilustración la curiosa anécdota de que Ortega Bru confesara al de Morón, sin que éste se percatase, que le había tomado como fuente de inspiración o modelo para la talla de una de las imágenes de la Cena.
Por aquella época, Ricardo se estaba iniciando en la Imaginería y le pidió a Luis que le dejara uno de los bocetos de sus esculturas, con la idea de estudiarlo. Aquello le sirvió para absorber la fuerza, el movimiento y el sentido expresionista de la obra de Ortega Bru, considerándolo su principal punto de referencia pero sin dejar de desarrollar su propia identidad.

La obra de Ricardo Rivera es extensa y podríamos enmarcarla en el periodo que va desde principios de los ochenta hasta entrado el nuevo siglo XXI. En la actualidad se encuentra inactivo y apartado de la profesión, no obstante, su forma de hacer y entender la talla sigue quedando patente en la obra de su hijo y colaborador Ricardo Rivera Vélez, licenciado en Bellas Artes.

En síntesis, su estilo procede directamente de la escuela 
1936
neobarroca sevillana, con un desarrollo impecable de 
la técnica de la talla: valiente, precisa y con un corte de la madera magistral; tanto es así, que hasta el propio Buiza llegó a reconocerle en una ocasión que era el que mejor cortaba la madera de toda Sevilla, según recuerda el propio Ricardo. Dentro de su estilo es muy particular en la conformación de los volúmenes del cabello de las esculturas, a los que imprime el diseño de la talla ornamental barroca, “con apariencia de volutas”. Con ello provoca una abstracción formal y una manera original de concebir las imágenes, dotándolas de un barroquismo no artificioso que conjuga, al mismo tiempo, tradición con modernidad.